En las instituciones deportivas hay dos formas de llegar.
Una es estar: ocupar el cargo, desembarcar con un séquito de leales, confundir confianza con competencia y usar la institución como medio, no como fin.
La otra es hacer: llegar con un proyecto, rodearse de profesionales —no de acólitos—, definir visión, misión y valores, marcar objetivos claros y poner el presupuesto al servicio de una estrategia.
Pero hay un tercer perfil, más peligroso: el que presume de hacer cuando en realidad solo aparenta. Mucho relato, mucho titular, mucha puesta en escena. Hype, fuegos artificiales y teatro. Detrás del ruido no hay estrategia, sino improvisación; no hay gestores expertos, sino “hombres de confianza”; no hay planificación, sino ocurrencias.
Por eso es clave desenmascarar a los falsos gestores. El hacer de verdad no necesita propaganda constante: se reconoce en los equipos que construye, en los procesos que ordena y en los resultados sostenibles que deja.

Estar es ocupar.
Aparentar es engañar.
Hacer es transformar.
Y el deporte, tarde o temprano, siempre pasa factura.
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