La mariposa de Balbec.

A veces, la literatura te regala conexiones tan perfectas que es imposible no compartirlas.

Sigo leyendo, entre otras cosas, el segundo volumen de En busca del tiempo perdido, A la sombra de las muchachas en flor, y me he detenido en una escena aparentemente insignificante. El narrador llega al Gran Hotel de Balbec acompañado de su abuela. Abrumado por la extrañeza del lugar, por la sensación de desarraigo y por esa melancolía inmanente en Proust, un día, después ya de varias semanas en Balbec, repara en un pequeño detalle: una mariposa que se ha posado en los cristales de la ventana de su habitación.

Nada extraordinario sucede. Y, sin embargo, sucede todo.

Porque en Proust las revelaciones nunca llegan a través de los grandes acontecimientos. Aparecen en los márgenes de la realidad: una magdalena mojada en té, una losa irregular bajo los pies, una campanada lejana o una simple mariposa detenida sobre un cristal.

Este pasaje alude a James McNeill Whistler, uno de los artistas que más influyeron en la creación de Elstir, el gran pintor ficticio de la novela.

Proust nunca afirma que Elstir sea Whistler. De hecho, Elstir es una síntesis de varios pintores admirados por el escritor: Monet, Boudin, Helleu, Jongkind. Pero entre todos ellos, Whistler ocupa un lugar singular. No son pocos los especialistas que han señalado que incluso el propio nombre «Elstir» parece contener un eco fonético del apellido «Whistler».

Y aquí aparece la mariposa.

Whistler tenía la costumbre de firmar sus cuadros no con su nombre, sino con una delicada mariposa estilizada. A primera vista parecía una simple rúbrica decorativa. Pero no lo era. Aquella mariposa representaba toda una concepción del arte: ligereza, armonía, equilibrio, sugerencia.

No dominaba el cuadro. Apenas se percibía. Como la verdadera belleza.

En obras como Armonía en rosa y gris: Retrato de Lady Meux, la pequeña mariposa aparece integrada en la composición, casi escondida, formando parte de la atmósfera general de la obra. No es una firma añadida desde fuera; es un elemento más del cuadro, una presencia silenciosa que contribuye al equilibrio del conjunto.

Algo semejante ocurre en la habitación de Balbec.

La mariposa que observa el narrador no tiene ninguna función narrativa evidente. No anticipa nada. No simboliza nada de manera explícita. Simplemente está ahí, suspendida entre el mundo exterior y la intimidad de la habitación.

Y precisamente por eso resulta tan proustiana.

Porque encarna una de las ideas centrales de la novela, y de la obra en general: que la realidad está llena de revelaciones invisibles para quien mira deprisa.

Elstir enseñará después al narrador que el arte consiste precisamente en eso: en despojar a las cosas de la costumbre para contemplarlas como si fuera la primera vez. Un puerto deja de ser un puerto; los barcos se confunden con edificios; el mar y el cielo intercambian sus reflejos; lo conocido se vuelve extraño.

La misión del artista no es reproducir el mundo. Es enseñarnos a verlo.

Quizás por eso me gusta imaginar que aquella mariposa de Balbec es mucho más que un insecto atrapado en una ventana. Quizás sea un discreto homenaje de Proust a Whistler. Quizás sea la firma invisible de Elstir antes incluso de que aparezca en la novela.

O quizás sea simplemente una de esas pequeñas epifanías que hacen de En busca del tiempo perdido una obra inagotable.

Porque leer a Proust es aprender que la belleza rara vez se encuentra en los grandes acontecimientos. Suele esconderse en una habitación silenciosa, junto al mar, posada sobre un cristal, esperando a que alguien se detenga a mirar.

Related Posts