Cada guerra que comienza es, en realidad, un fracaso de la humanidad.
A lo largo de los siglos nos gusta pensar que evolucionamos. Que somos una especie capaz de aprender, de educarse, de construir normas y valores que nos permitan convivir sin destruirnos. La civilización, en el fondo, es ese intento permanente de sustituir la fuerza por la razón.
Pero la guerra rompe ese frágil equilibrio.
Cuando un conflicto armado estalla, el progreso moral se resquebraja. Las vidas se convierten en números, el enemigo deja de ser un ser humano y la violencia se normaliza como instrumento político. En ese instante, la humanidad retrocede hacia la visión más sombría que describió Hobbes en la Epístola Dedicatoria de su obra “De Cive”: el hombre es un lobo para el hombre.
Aceptar la guerra como algo inevitable es aceptar también la derrota de la civilización.
La verdadera evolución de nuestra especie no debería medirse por la potencia de nuestras armas, sino por nuestra capacidad para no utilizarlas. Por nuestra inteligencia para resolver los conflictos sin caer en la destrucción.
Porque cada guerra, por más justificaciones que encuentre, nos acerca un paso más a la barbarie.
Y la civilización consiste, precisamente, en alejarnos de ella.

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