Biarritz, la glamurosa
Hay textos que no se escriben para ser publicados de inmediato, sino para ser guardados, como se guarda una estación del año. Este pertenece a uno de esos días luminosos de agosto que, con el paso del tiempo, adquieren una forma casi irreal, como si hubieran ocurrido en otro lugar o en otra vida.
Hoy, en los últimos compases de un invierno largo y silencioso, vuelvo a él en mi blog. No solo como recuerdo, sino como anticipo: de la luz que regresa, del aire templado, del mar en calma. Publicarlo ahora es una manera de invocar lo que viene, de acercar la primavera y, con ella, la promesa de un nuevo verano.
Porque hay lugares —y Biarritz es uno de ellos— a los que no se vuelve solo viajando, sino también recordando. Y a veces, recordar es la forma más precisa de empezar a regresar.
Un día de agosto del año 2025
Me desperté temprano y, sin dudarlo, me puse las zapatillas de deporte para dar un corto pero intenso paseo. Fue un momento para despejarme y reflexionar sobre la jornada que se avecinaba: nada menos que cruzar la frontera y adentrarnos en Francia, rumbo a la glamurosa Biarritz.
Durante el desayuno ultimamos los detalles de la ruta: la duración del trayecto, dónde aparcaríamos y el recorrido que seguiríamos por la ciudad, dónde comer, qué visitar. Pero lo maravilloso de hacer planes es precisamente poder cambiarlos, dejarse llevar por el instante: por la intuición de doblar una calle en lugar de otra, por los olores que emanan de los restaurantes, por la estética de las terrazas, por la gente que te cruzas y, sobre todo, por los deseos que uno trae ya de antemano, soñados antes de emprender el viaje.
Salimos a las 10:00. El trayecto, casi todo por autopista, duró algo más de dos horas. El tráfico era fluido, y el viaje discurrió tranquilo, apacible.
En mis visitas anteriores a Biarritz, el aparcamiento siempre había sido una fuente de ansiedad. La ciudad bulle de vida, y encontrar un lugar seguro para dejar el coche no siempre es tarea fácil. Pero esta vez la suerte estuvo de nuestro lado: elegimos el parking más céntrico, excavado en seis plantas subterráneas. Aparcamos en la tercera, justo frente al ascensor, y al salir nos encontramos directamente en la encantadora Place Bellevue, frente al Hotel Café de París. Allí nos sentamos en su terraza, y mientras un expresso humeaba en la mesa, se desplegaba ante nosotros un panorama único: el océano como horizonte infinito y, al fondo, el faro, erguido como punto de referencia.
Fueron quince minutos mágicos. El café, el rumor del mar, el aire fresco en el rostro y la certeza de estar en la capital europea del surf. Sabía que en el paseo que vendría después me aguardaban la playa, las fascinantes boutiques, la artesanía local, Les Halles, la gastronomía refinada y todo un ecosistema cultural vibrante, diverso, lleno de historia y sofisticación.
El sol lucía, y el viento nos mecía como si fuéramos dos veleros ligeros, llevados por la marea de las calles sin rumbo fijo, guiados solo por la intuición de lo bello.
Como el desayuno había sido abundante, optamos por un lunch ligero en la Maison Miremont, quizá la mejor cafetería de Biarritz. Situada en la Place George Clemenceau, Miremont es un templo del buen gusto. Su salón elegante se abre al océano, con vistas a la Grande Plage, al faro, à l’ Hôtel du Palais y al Casino Municipal. Allí nos dejamos llevar no solo por las delicias de la carta, sino por la voz del propietario: un francés políglota y culto, de 87 años, que narraba la historia del local, sus vínculos con España, su relación con Alfonso XIII y hasta su devoción por Sevilla. Escucharlo fue como abrir una ventana al pasado: el eco de otra Europa, refinada y soñadora.
Antes de regresar, hicimos una pausa en Maison Adam. Desde 1660 sus macarons han seducido paladares ilustres, empezando por Luis XIV y la infanta María Teresa el día de su boda. “Paregabea” —sin igual, en euskera— los llamaban. Aquellos mismos dulces coronaban las copas de vino blanco servidas a refugiados rusos, pescadores bretones y artistas en el cabaré de la pastelería a comienzos del siglo XX. Hoy, bajo la dirección de Andoni y Miguel Telleria-Adam, la casa mantiene la tradición mientras innova en el arte exigente de la confitería y la chocolatería.
Después de esta visita obligada, emprendimos con cierta pena el regreso a Gorliz. Biarritz deja siempre la sensación de querer quedarse a vivir en ella, eternamente. Pero quizá la verdadera belleza está en regresar, en volver una y otra vez para redescubrirla.
Siempre estará Biarritz…

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