Escribir, leer y seguir navegando.
“Hay momentos en los que basta con detenerse y observar.
El fruto ya está ahí. Solo hay que aprender a reconocerlo.”
Ya es primavera, aunque el tiempo no acompaña del todo. Seguimos con bajas temperaturas y viento. Pero poco a poco la tierra empieza a desprenderse del frío y duro subsuelo, renaciendo. Los árboles comienzan a romper en flor, a reaparecer, a vestirse de gala.
Todo se abrirá en las próximas semanas.
Hay momentos en la vida en los que todo parece quedar en suspenso. No hay finales claros, ni comienzos definidos. Se tiene la sensación de estar atravesando una etapa de transición lenta, donde nada termina de cerrarse y tampoco se abre con claridad lo siguiente.
Son tiempos confusos.
En esos momentos uno comprende que no siempre es posible controlar el rumbo. Que no todo depende de la voluntad, ni del esfuerzo, ni siquiera de la experiencia acumulada. Hay algo más, una especie de corriente que te sitúa en un lugar intermedio, sin horizonte definido.
Y, sin embargo, hay que seguir.
Seguir con esperanza. Con cierta fortaleza interior. Con la convicción —a veces más racional que emocional— de que avanzar es la única opción posible.
Escribir, escribir y escribir.
Esta es una terapia para sostener la felicidad interior —y también la exterior—. Escribir es una manera de pensar, de reflexionar, de decirnos la verdad. Me reconozco en lo que escribo. Es algo íntimo.
Esta semana he avanzado en mi novela, la trilogía Puntales de Sopanda, y en su primera entrega, En el corredor de la muerte.
Luego habrá que volver a empezar: releer, corregir, pulir el estilo… Ya veremos. Es curioso cómo se construye una historia. No se piensa todo de antemano, sino que va creciendo a su propio ritmo. Me fascina especialmente el desarrollo de los personajes: nacen, empiezan a vivir, a mostrarse; algunos se diluyen, otros cobran protagonismo. Los que creíamos héroes pasan a un segundo plano, y quienes apenas existían se convierten en protagonistas, o en antihéroes. Incluso los villanos nos descubren su parte más humana, que convive con la ambición y la maldad. Es un mundo que surge en la mente y fluye libre, sin límites. Es la creación, lo que más me seduce.
Escribir y escribir. Pero también leer y leer.
Leer es una de las actividades que más placer me ha dado en la vida. Son miles de libros, documentos, diarios, revistas… Miles de personajes, muchos convertidos en verdaderos amigos, y también enemigos —algunos entrañables, es cierto—. Me apasionan muchos temas: la ficción, por encima de todos, pero también la historia, la filosofía, las biografías, los ensayos… casi cualquier lectura despierta mi curiosidad.
Y luego está el cine, las series. Dedico los fines de semana a pasar horas frente al televisor, absorto ante las historias: las tramas, las interpretaciones, la fotografía, los escenarios, las ciudades, los temas.
Ahora estamos viendo una nueva serie que hemos descubierto, Drops of God. Trata del vino y de la enorme historia cultural que ha acompañado a este manjar durante siglos.
En mi vida el vino ha tenido un papel estelar. Mi infancia transcurrió entre viñedos. Tenía amigos, cuyas familias vivían de esta industria. Ahora mismo puedo ver sus rostros, escuchar sus voces. Es fascinante.
Recuerdo con nitidez la ceremonia del pisado de la uva frente a la Colegial, hoy Catedral de Jerez. Aquellos hombres descalzos, danzando con equilibrio sobre la superficie húmeda y viscosa. Bailarines viriles, vestidos con pantalón gris, camisa blanca y gorra.
La protagonista de la serie es una mujer joven, francesa, Camille Léger, muy atractiva, que arrastra un trauma desde la infancia y logra superarlo. Su padre la formó en el amor y conocimiento del vino. Posee un olfato extraordinario, capaz de identificar cada matiz en una cata: el almizcle, el melocotón, la trufa, la acidez, la dulzura… un don.
La serie me lleva a muchos momentos de mi vida. Recuerdo, por ejemplo, mis días en Burdeos, donde comencé a conocer los vinos franceses, las viñas, su desarrollo, su comercialización, y sobre todo el amor que los propietarios de los châteaux ponían en cada instante para que aquel milagro fuera posible.
Conocí los vinos de Burdeos, los Médoc, los Pomerol, los Saint-Émilion… Qué placer sentarse a la mesa con personas que aman el vino y la gastronomía, hablar de ello mientras se degustan estos caldos exquisitos.
Viendo Drops of God, me entran ganas de haber estudiado enología, de haberme dedicado a crear vinos y a vivir entre viñedos. Habría sido un gran plan. Sin duda. Pero la vida te lleva por donde quiere, a veces de manera caprichosa, sin un camino preestablecido. Otras, parece que todo estuviera diseñado de antemano. Algunos lo llaman destino. Yo no sé qué creer. Nunca he creído del todo en nada. Todo esto sigue siendo un misterio. Quizá tenga razón el clásico: “…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Escribo estas líneas en la tarde del viernes. La semana ha pasado. Ahora toca relajarse y disfrutar de lo que nos gusta. Bajaré al centro de Madrid. Tomaré un café en Chueca, quizás mi barrio favorito. Lo recorremos cada semana: para comprar, para pasear, para vivirlo, para seguir soñándolo.
Chueca huele a humanidad. A lo que sale de las casas abiertas en una tarde de primavera: guisos, ropa usada, libros viejos.
Huele a madera, a suelos encerados, a escaleras estrechas y desgastadas.
Huele a comida asiática, hindú, italiana, americana.
Huele a sexo, a mujer, a hombre.
A asfalto caliente, a gasolina, a ciudad viva.
Huele a jóvenes que empiezan a vivir sin saber aún hasta dónde llegará su historia.
Huele a tiendas populares, a mezcla, a mestizaje.
En Chueca huele a vida.
Huele a Madrid.
Al Madrid más humano y diverso.
Huele a cultura, a picaresca, a esperanza, a pasado.
Y cuando llega la primavera…
huele a luz.

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