Siempre he pensado que la cocina es el lugar donde aprendemos a escuchar antes que a hablar. Este texto es un viaje por las cocinas de mi vida, por las conversaciones, los olores y los gestos cotidianos que, sin darme cuenta, fueron construyendo mi manera de estar en el mundo.

 

Desde que tengo memoria, la cocina ha sido para mí mucho más que un lugar donde se preparan los alimentos. Ha sido siempre un territorio de conversación. No una conversación cualquiera, sino esa forma antigua y humana de estar juntos, de hablar mientras las manos hacen algo, de pensar sin darse demasiada cuenta, de aprender escuchando.

Creo que fue en la cocina donde empecé a entender el mundo, aunque entonces no sabía ponerle nombre a nada. Allí se hablaba mientras el guiso se hacía lentamente, mientras el tiempo parecía ensancharse, y yo, sentado en un rincón, escuchaba. No entendía del todo lo que decían los mayores, pero algo se me quedaba dentro. Las palabras, los silencios, las miradas, los olores: todo eso iba formando una manera de estar en la vida.

De niño hubo dos cocinas que me marcaron especialmente. La primera fue la de mi abuela materna, un espacio pequeño, casi un cubículo, pero capaz de albergar a toda la familia. Mi abuela mandaba sin imponerse; mi abuelo observaba en silencio, como si nada se le escapara; mi madre y mis tíos hablaban, discutían, reían. Y yo miraba. Recuerdo especialmente a mi abuela preparando su guiso favorito, el menudo, aquel plato de callos con garbanzos tan propio de Jerez, mi ciudad natal. El olor llenaba la casa y se quedaba en la ropa, en la piel, en la memoria.

Hace poco, muchos años después, comiendo en un restaurante japonés en Madrid, probé unos raviolis de callos. Bastó un bocado para que aquella cocina regresara entera. Se lo dije al chef, casi con emoción, y la conversación derivó por caminos inesperados: Jerez, el flamenco, Moraito, Manuel Morao. De pronto estábamos compartiendo mucho más que un plato. Comprendí entonces que la cocina tiene esa capacidad: unir tiempos, personas y culturas sin pedir permiso.

La otra cocina de mi infancia fue la del convento donde vivía mi tía Ángeles, Sor Ángeles, en Jaén. Pasaba allí largas semanas de verano, y aquel lugar, lleno de personas sin recursos, mayores, cada una con su historia a cuestas, fue para mí una escuela de vida. Yo me movía con naturalidad por las cocinas del convento, observando las rutinas, escuchando las conversaciones, aprendiendo sin saberlo.

Recuerdo especialmente la llegada del lechero y del panadero, siempre temprano, ambos sobre sus burros. La leche aún tibia, el pan caliente y humeante. Acompañaba a mi tía a recibirlos y, mientras mordía un trozo de pan recién hecho, escuchaba. Aquellas escenas sencillas estaban cargadas de humanidad. Me enseñaron que la vida se sostiene en gestos pequeños y repetidos.

En la cocina de las monjas, donde más tiempo pasaba, me sentaba al fondo y me iba a Babia. Desde allí veía hervir los pucheros, brillaban las ollas, se alineaban los botijos según la estación. Olía a aceite, a cebolla, a hierbabuena. Olía a bondad. Y, sobre todo, se contaban historias. Voces distintas que, juntas, formaban una armonía extraña y perfecta. De aquellas conversaciones saqué materiales que aún hoy me acompañan.

Después vinieron muchas otras cocinas. En Sevilla, en Londres, en Friburgo, en Cádiz, en Cabo Roche, en distintos barrios de Madrid. Cada una dejó algo. Cambiaron los horarios, los hábitos, la manera de sentarnos a la mesa. Algunas costumbres se quedaron para siempre. Otras se transformaron.

La cocina en la que vivo ahora, abierta al salón y a la biblioteca, es el corazón de la casa. Allí hablamos, discutimos, celebramos, nos mostramos como somos. Hay una gran encimera donde se cocina y se conversa a la vez, una barra donde desayunamos cada día, una mesa reservada para los encuentros largos. Todo está comunicado, incluso con el jardín, como si la casa quisiera respirar hacia fuera.

Los objetos cuentan historias. Vasos comprados en Murano en un día de lluvia y de «acqua alta» cuchillos traídos de otros países, tablas de madera marcadas por el uso. Cada pieza guarda un recuerdo. Cuando los utilizamos, algo se activa. Un tiempo pasado vuelve, una persona aparece, una emoción se deja sentir.

Los olores siguen siendo fundamentales. Cocinar es tocar, oler, probar. Y después hablar. Gesticular. Agradecer. Cada comida convoca otras. A veces, mientras desayuno, vuelvo a escuchar el silencio de mi cocina londinense, en Elgin Cres, el crujido de la moqueta, la calma de aquellos días.

Todo empieza siempre en el mercado. Comprar es ya iniciar una conversación: con el tendero, con el producto, con lo que imaginas que harás después. Esa conversación no termina nunca del todo; queda guardada en algún lugar de la memoria, lista para reaparecer.

En mi cocina se habla un lenguaje propio. Un idioma aprendido con los años, tejido con palabras, gestos y silencios. En él cabe todo: la política, la cultura, los libros, los miedos, los deseos, los sueños. Hablamos de lo cotidiano y de lo esencial sin distinguir demasiado entre una cosa y otra.

Tal vez este relato podría prolongarse indefinidamente. Porque hablar de mi cocina es hablar de mi vida. Y porque, al final, sigo creyendo que es en estos espacios humildes donde se construye lo que somos: conversando, compartiendo, cocinando juntos.

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