Ayer ví la película El vínculo sueco que pone el foco en una figura poco conocida pero inmensa en términos morales: Gösta Engzell, el diplomático sueco que, durante la Segunda Guerra Mundial, utilizó su posición para salvar a miles de judíos perseguidos por el nazismo.
No fue un héroe épico. No lideró ejércitos ni pronunció discursos grandilocuentes. Hizo algo mucho más incómodo: actuar cuando la mayoría callaba.
La película retrata esa tensión permanente entre la valentía de unos pocos y el silencio —a veces cómodo, a veces temeroso— de la mayoría. Porque el mal rara vez se impone solo por la fuerza. Se sostiene también por la indiferencia. Por la mirada hacia otro lado. Por el “no es asunto mío”.
Engzell eligió no mirar hacia otro lado.
Y ahí es donde la historia deja de ser pasado para convertirse en espejo.
Las injusticias no son patrimonio exclusivo de los regímenes totalitarios. También ocurren en instituciones contemporáneas —públicas y privadas— donde personas inocentes pueden ser señaladas, aisladas o silenciadas. A veces por intereses, a veces por miedo, a veces por pura inercia burocrática.
En esos contextos, siempre se repite el mismo patrón:
- Una minoría que se atreve a cuestionar.
- Una mayoría que guarda silencio.
- Y una institución que, sin contrapesos éticos, termina protegiéndose a sí misma antes que a la verdad.
La película nos recuerda que la dignidad no depende del número. Que basta una sola persona para romper la narrativa dominante. Pero también nos interpela: ¿qué habría pasado si más hubieran hablado?
La historia honra a quienes se levantan.
Pero también nos obliga a preguntarnos por nuestro propio silencio.

Related Posts
16 febrero, 2026
Mileto, o aprender a pensar sin permiso
Estos días he vuelto a leer algunos libros que denomino “libros tesoro”.…




