Pensar, a veces, es volver a respirar.
Mileto, una antigua forma de coraje intelectual para un presente saturado de respuestas.
Traigo hoy a este blog una reflexión nacida en otro tiempo cercano. En 2023, mientras cursaba Historia de la Filosofía Antigua en el grado de Filosofía, me adentre con profundidad en los pensadores de Mileto. No fue un estudio pasajero ni meramente académico. Algo en su manera de pensar —sobria, valiente, sin amparo— dejó una huella persistente. Desde entonces, esas intuiciones antiguas me acompañan como una brújula discreta para orientarme en una vida cada vez más compleja.
Hubo un tiempo —y no fue un tiempo heroico— en el que el mundo empezó a explicarse sin recurrir a los dioses. No ocurrió como una ruptura violenta, sino como sucede todo lo verdaderamente decisivo: con lentitud, con dudas, con una cierta melancolía por lo que se deja atrás. Ese tiempo tuvo un lugar: Mileto.
Siempre me ha fascinado ese instante casi invisible en el que alguien deja de repetir lo aprendido sin haberlo hecho propio. No porque posea respuestas mejores, sino porque ya no puede seguir aceptando las heredadas. Tal vez por eso vuelvo una y otra vez a los milesios. Porque en ellos reconozco algo que atraviesa también mi propia biografía intelectual: el gesto íntimo de apartarse un paso del camino marcado.
Tales de Mileto miró el agua y vio algo más que un símbolo: vio un principio. No necesitó negarlo todo; le bastó con cambiar el punto de partida. Pensar, para él, fue una forma de sobriedad, de atención sostenida a lo real. Con ese gesto mínimo inauguró algo inmenso: la posibilidad de explicar el mundo sin tutela. Y en ese gesto reconozco una enseñanza que aún hoy me acompaña: no elevar la voz, sino afinar la mirada.
Después llegó Anaximandro, y con él una incomodidad más profunda. El ápeiron, lo ilimitado, aquello que no se deja cerrar. Pensar ya no es buscar refugio, sino aceptar que toda forma es provisional, que ocupar demasiado tiempo o demasiado espacio es una injusticia. Esta intuición —la necesidad de retirarse, de no absolutizar la propia presencia— ha ido modelando también mi manera de estar en el pensamiento: como tránsito, no como sistema.
Y Anaxímenes respiró el mundo. Vio en el aire un ritmo, una expansión y una contracción perpetuas. El cosmos como un cuerpo vivo. Pensar, entonces, se parece más a respirar que a demostrar. Hay etapas de claridad y otras de repliegue. Momentos de impulso y otros de silencio. He aprendido a no violentar ese ritmo.
Con el tiempo he comprendido que “salirse de la caja” no es un acto de rebeldía ni una pose intelectual. Es, más bien, una fidelidad lenta. La decisión de no aceptar marcos que ya no explican nada. De desconfiar de las respuestas demasiado rápidas. De habitar el pensamiento como quien acepta la intemperie sin dramatizarla.
En un mundo saturado de consignas, de opiniones empaquetadas y de pensamiento estándar, el gesto milesio vuelve a ser radical. Pensar sin permiso. Pensar sin aplauso. Pensar sin garantías.
Quizá por eso sigo volviendo a Mileto. No como un origen histórico, sino como una actitud vital. Porque aquellas ideas antiguas que me impactaron en 2023 siguen ayudándome hoy a caminar con más lucidez en la complejidad del presente.Y porque he aprendido que, a veces, pensar no es avanzar, sino regresar con cuidado a aquello que una vez nos enseñó a respirar.
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