– Wendy (Anthony Devas, 1950) –

Isabel Archer y el precio de la libertad. ¿Porque volvió a Roma? 

Hay personajes literarios que terminamos de comprender cuando cerramos el libro. Y hay otros que nos acompañan durante años, regresando de vez en cuando para formularnos preguntas incómodas. Isabel Archer pertenece a esta segunda categoría.

Hace ya algún tiempo leí La señora Osmond, la audaz continuación que John Banville escribió de Retrato de una dama. Aquella lectura me llevó inevitablemente a buscar la obra maestra original de Henry James, publicada en 1881. Ahora, después de releer ambas novelas, he vuelto a encontrarme con una vieja pregunta que sigue sin abandonarme: ¿por qué Isabel Archer regresa a Roma?

La pregunta parece sencilla, pero no lo es.

Durante toda la novela de James asistimos al viaje de una mujer extraordinaria. Isabel es inteligente, culta, independiente y poseedora de una fortuna que la libera de las limitaciones económicas que condicionaban la vida de tantas mujeres de su tiempo. Rechaza matrimonios ventajosos, desafía convenciones sociales y reivindica su derecho a decidir por sí misma.

Es, en muchos sentidos, una heroína moderna atrapada en un mundo antiguo.

Sin embargo, esa misma libertad acaba conduciéndola hacia su error más doloroso. Isabel elige a Gilbert Osmond. Lo elige libremente. Lo ama. Cree descubrir en él una sensibilidad refinada y una inteligencia superior. Lo que encuentra, en realidad, es un hombre dominado por el egoísmo, la vanidad y una necesidad enfermiza de controlar a quienes le rodean.

Osmond no busca una compañera. Busca una posesión.

Poco a poco Isabel comprende que su matrimonio es una prisión cuidadosamente decorada. Descubre además la verdadera relación entre Osmond y Madame Merle, la mujer a la que admiraba y consideraba un modelo. Entiende que ha sido manipulada. Que su libertad ha sido utilizada contra ella misma.

Pero reducir Retrato de una dama a la historia de un matrimonio fallido sería una injusticia. Buena parte de la riqueza de la novela reside en dos personajes extraordinarios que orbitan alrededor de Isabel Archer y que, de alguna manera, representan fuerzas opuestas en su destino: Ralph Touchett y Madame Merle.

Ralph es, probablemente, el personaje más generoso de toda la obra. Enfermo, consciente de que su vida será breve, observa a Isabel con una mezcla de admiración, cariño y fascinación intelectual. La ama profundamente, aunque sabe que nunca será correspondido. Pero su amor posee una cualidad excepcional: no desea poseerla.

Quiere verla vivir.

Quiere verla desplegar todas las posibilidades que él mismo, limitado por la enfermedad, nunca podrá experimentar.

Por eso persuade a su padre para que una parte importante de la herencia familiar recaiga sobre Isabel. Su gesto no nace de la caridad, sino de la curiosidad y de la esperanza. Ralph quiere comprobar qué hará una mujer extraordinaria cuando se le concede aquello que casi nadie posee: libertad.

Visto desde hoy, resulta difícil no percibir una dimensión trágica en ese acto. El regalo de Ralph termina convirtiéndose indirectamente en la condición que permite a Osmond acercarse a Isabel. La fortuna que debía protegerla acaba atrayendo precisamente a quien terminará destruyéndola.

Y sin embargo Ralph nunca se arrepiente.

Hasta el final conserva su fe en ella.

Si Osmond representa el deseo de dominio, Ralph representa el amor entendido como renuncia.

Frente a él aparece Madame Merle, quizá el personaje más complejo y fascinante de toda la novela.

En una primera lectura tendemos a verla como la gran manipuladora de la historia, la mujer que conduce a Isabel hacia los brazos de Osmond. Pero James construye un personaje mucho más profundo que una simple intrigante.

Madame Merle es una mujer inteligente, refinada y extraordinariamente culta que ha comprendido una verdad amarga sobre la sociedad en la que vive: las personas no son juzgadas por lo que son, sino por la posición que ocupan, las relaciones que mantienen y la imagen que proyectan.

Mientras Isabel cree en la autenticidad del individuo, Madame Merle cree en la representación.

Mientras Isabel busca ser, Madame Merle ha aprendido a parecer.

Toda su vida ha consistido en adaptarse a un mundo que no concede segundas oportunidades a las mujeres. Y esa adaptación ha terminado erosionando su propia identidad.

Por eso resulta tan inquietante.

Porque, en el fondo, Madame Merle no manipula a Isabel únicamente por ambición. También proyecta sobre ella una parte de sus propios deseos frustrados. Ve en la joven americana la libertad que ella perdió hace mucho tiempo.

La tragedia es que intenta protegerla utilizando precisamente las herramientas que la destruyeron.

Y es ahí donde la novela alcanza una profundidad extraordinaria. Isabel queda atrapada entre dos visiones opuestas del mundo. Por un lado, Ralph, que cree en la libertad individual y en la capacidad de cada persona para construir su destino. Por otro, Madame Merle, que considera que la vida es una compleja negociación entre apariencias, intereses y convenciones sociales.

Ambos intentan influir en ella. Ambos creen saber qué es lo mejor para ella. Y ambos, a su manera, contribuyen a conducirla hacia el mismo desenlace.

Entonces llega el momento que tantos lectores esperan. La revelación. La posibilidad de la huida. La oportunidad de empezar de nuevo.

Pero James nos deja desconcertados. Isabel viaja a Inglaterra para acompañar a Ralph Touchett en sus últimos momentos, comparte con él una despedida profundamente conmovedora y, cuando todo parece preparado para la ruptura definitiva, la novela concluye con la insinuación de que regresará a Roma.

Durante años me costó aceptar ese desenlace.

Quizá porque lo leía desde la sensibilidad de nuestro tiempo. Porque hoy esperamos que una mujer en su situación abandone a su marido, denuncie la manipulación sufrida y reconstruya su vida desde la independencia. Porque entendemos la libertad como la capacidad de romper con aquello que nos destruye.

Pero James estaba escribiendo otra cosa.

No escribió una novela sobre la libertad. Escribió una novela sobre el precio de la libertad.

Isabel no vuelve porque siga amando a Osmond. Tampoco porque ignore quién es realmente. Regresa porque debe convivir con las consecuencias de sus propias decisiones. Porque su tragedia no consiste en haber sido engañada, sino en haber elegido equivocadamente.

La grandeza de James está precisamente ahí. Se niega a ofrecer una solución sencilla. La madurez de Isabel no consiste en escapar, sino en asumir.

Sin embargo, más de un siglo después, aparece John Banville y se atreve a formular la pregunta que millones de lectores han guardado en silencio.

¿Y si Isabel no regresara para someterse? ¿Y si regresara para enfrentarse?

La señora Osmond parte de esa posibilidad. Banville toma el personaje de James y le concede algo que muchos habíamos deseado para ella: la oportunidad de actuar. La oportunidad de mirar a Osmond a los ojos y dejar de ser la víctima de una historia diseñada por otros.

No es una continuación fácil. Tampoco necesaria. Pero resulta fascinante porque responde a una necesidad emocional que la novela original deja abierta.

Banville le concede a Isabel algo parecido a una segunda vida. Y quizá también algo parecido a una venganza.

No una venganza entendida como castigo, sino como recuperación de la propia identidad. Como reivindicación de la mujer que existía antes de Osmond. Como afirmación de una autonomía que nunca llegó a desaparecer del todo.

Por eso no veo ambas novelas como obras enfrentadas. Más bien las percibo como dos conversaciones separadas por más de un siglo.

James nos habla desde una época en la que el deber, la responsabilidad y las consecuencias ocupaban el centro de la existencia.

Banville escribe desde un mundo que concede más valor a la emancipación individual y al derecho a reconstruirse.

Entre ambos autores emerge una misma pregunta: ¿qué hacemos cuando descubrimos que la vida que elegimos no era la vida que imaginábamos?

Quizá por eso Isabel Archer sigue siendo una de las grandes heroínas de la literatura. Porque su conflicto no pertenece al siglo XIX. Nos pertenece a todos.

Y quizá porque, después de cerrar ambos libros, seguimos preguntándonos qué habría hecho Isabel si hubiera vivido en nuestro tiempo. Tal vez esa sea la verdadera razón por la que tantos lectores agradecemos el atrevimiento de Banville. No porque corrigiera a Henry James, algo imposible, sino porque se atrevió a ofrecer una respuesta allí donde el maestro prefirió dejar una pregunta.

James nos enseñó la dignidad de asumir nuestros errores.

Banville nos recordó el derecho a rebelarnos contra ellos.

Entre ambos permanece Isabel Archer, libre, contradictoria, inolvidable.

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