El Mago.

Volver a Bourani: el reencuentro con El Mago.

Hace un par de meses entré en la Casa del Libro de Sevilla, como hago casi siempre que visito la ciudad. Es una especie de ritual. Suele ser en sábado, después de los churros en San Pablo, cuando el paseo por el centro se vuelve más lento, más atento, como si uno caminara no solo por calles, sino por recuerdos. Volvemos a los lugares de siempre, y entre ellos, inevitablemente, la librería de la calle Velázquez.

No iba buscando nada en particular —nunca lo hago—. Con los libros, al menos en mi caso, la elección funciona al revés: son ellos los que te encuentran. Y aquel día, entre estanterías, apareció una edición de El Mago, de John Fowles. Lo leí a finales de los ochenta, quizá en el 89 o el 90. Recordaba la historia de forma difusa, pero sí tenía muy presente la sensación que me dejó: una mezcla de fascinación y desconcierto difícil de explicar. Aquel ejemplar se perdió con los años —no sé si en un préstamo sin retorno o en alguna de las muchas mudanzas de mi vida—. Simplemente desapareció.

Así que lo compré. Y lo volví a leer.

La experiencia ha sido, de nuevo, absorbente. Hay libros que se leen; otros, en cambio, te arrastran. Este pertenece claramente a los segundos. Durante días no he podido dejarlo, como si cada capítulo abriera una puerta que obligara a cruzarla inmediatamente. Fascinante, ambiguo, inquietante. Tan irreal como profundamente verdadero.

Fowles construye la historia alrededor de Nicholas Urfe, un joven inglés que encarna una inmadurez emocional casi irritante. Huye —de una relación, de sí mismo, de cualquier forma de compromiso real— aceptando un trabajo como profesor en una isla griega. Hasta ahí, la novela podría parecer una historia de formación más o menos convencional. Pero esa expectativa dura poco.

En la isla aparece Maurice Conchis.

Y con él, todo se descompone.

Conchis es un personaje difícil de fijar: culto, enigmático, teatral, rico, dueño de una villa aislada llamada Bourani. A partir de su encuentro con Nicholas, la novela deja de ser una narración lineal para convertirse en algo mucho más inestable. Un juego. O mejor: una serie de juegos dentro de otros juegos.

El llamado godgame —el “juego de dios”— es el corazón del libro. Conchis organiza una serie de representaciones en las que actores, historias inventadas, recreaciones históricas y manipulaciones psicológicas se entrelazan hasta borrar cualquier frontera clara entre lo real y lo ficticio. Nicholas —y con él el lector— queda atrapado en una red donde cada certeza dura apenas unas páginas.

Lo verdaderamente inquietante no es la complejidad del artificio, sino su efecto: la sensación constante de que la realidad es algo frágil, moldeable, susceptible de ser narrada —y por tanto manipulada— por otros. Fowles no ofrece refugio. Al contrario, parece disfrutar despojando al lector de cualquier punto de apoyo.

Treinta años después, esa sensación ha sido incluso más intensa.

Quizá porque ahora la lectura ya no es solo intelectual, sino también biográfica. Uno reconoce en Nicholas aspectos que en su día pasaban más desapercibidos: su vanidad, su necesidad de control, su incapacidad para amar sin convertir al otro en un reflejo de sí mismo. No es un personaje simpático, ni pretende serlo. Pero es incómodamente reconocible.

Frente a él, Alison —la joven australiana— aparece como una figura de autenticidad. No idealizada, pero sí honesta. Representa algo que Nicholas no sabe sostener: una relación real, sin máscaras, sin juegos. Su presencia recorre la novela como una especie de conciencia silenciosa, una posibilidad que el protagonista no termina de comprender hasta que quizá ya es demasiado tarde.

Y luego está el final.

O, mejor dicho, la ausencia de un final en el sentido convencional. Fowles no cierra la historia de manera clara, no resuelve del todo el enigma, no ofrece una explicación definitiva. Y lejos de ser un defecto, es una declaración de intenciones. La vida —parece decir— no funciona así. No todo encaja. No todo se entiende. No todo se puede nombrar.

Esa decisión, que en su día me desconcertó, hoy me parece profundamente honesta.

Volver a El Mago después de más de treinta años ha sido algo más que una relectura. Ha sido un reencuentro. Con el libro, sí, pero también con quien fui cuando lo leí por primera vez. Y quizá ahí reside su verdadera fuerza: en su capacidad para seguir interrogando, para seguir incomodando, para seguir abriendo preguntas que uno no sabe —ni puede— cerrar del todo.

Hay libros que envejecen. Otros, en cambio, esperan.

Este, sin duda, pertenece a los segundos.

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