Nací deportista
Mucho antes de entenderlo, ya lo era.
Hoy, como casi todos los días, a las siete en punto de la mañana empiezo mi entrenamiento en mi gym de Las Rozas. Llevo así, fiel a mi rutina, desde hace muchos años.
Desde que era un niño me gustaba hacer deporte. Entonces lo asociaba al juego. Recuerdo tardes enteras en el patio trasero de la clase de mi tía Ángeles, lanzando la pelota contra la pared. Iba y venía, una y otra vez, mientras yo me imaginaba jugador de fútbol, formando parte de un gran equipo.
Otras veces era tenista. Competía contra mi eterno rival, la pared, en Wimbledon o en Roland Garros. Aquellos continuos golpes desesperaban a Don Francisco, el párroco del colegio, que vivía justo al otro lado y trataba de dormir la siesta. Protestaba a mi tía, y ella, con cariño, me pedía que bajara el ritmo, que dejara los goles y las voleas por un rato.
¡Qué recuerdos tan maravillosos!
Luego llegó mi primera bici de dos ruedas. Me la trajeron los Reyes cuando tenía ocho o nueve años. Una Orbea verde y blanca, como la bandera de mi querida Andalucía. Algunos días era Eddy Merckx; otros, Luis Ocaña. No me cansaba de montar. Kilómetros y kilómetros. Cada día diseñaba una nueva ruta por mi ciudad, Jerez.
A los dieciséis años fui por primera vez a un gimnasio. Me llevó Lara, un amigo de mi padre. Aquello me fascinó. Recuerdo perfectamente la sensación de entrar en ese espacio: hombres —en aquella época eran casi solo hombres— entrenando con pesas, mancuernas, barras, discos… Hoy, afortunadamente, ese mundo es mucho más diverso.
Aquel lugar tenía un olor muy particular. No era solo sudor. Era esfuerzo. Era disciplina. Era superación. Era propósito.
Eran amigos. Camaradas. Compañeros.
Confieso que me cautivó. Encontré una pasión que no ha hecho más que crecer con los años y que hoy, mucho tiempo después, sigue más viva que nunca: levantar pesas, hacer cardio, moverme, exigirme.
He entrenado en muchos gimnasios, en muchas ciudades de España y del mundo: el Kimé y Mantara en Jerez, Sato Sport en Mairena del Aljarafe, Body Work West en Notting Hill (Londres), el Reebok de Serrano actual David Lloyd en Madrid… y tantos otros, incluidos los pequeños gimnasios de hoteles donde, incluso viajando, encontraba mi espacio, como ejemplo el Hotel Gran Bilbao -we are fit-, al que suelo ir varias veces al año.
Recuerdo con especial nitidez una escena en Sevilla a principios de los años 90, durante unas jornadas organizadas por la Agencia Nacional Petra II. El auditorio estaba lleno. Representaba a mi empresa y, en un momento de debate, sentí la necesidad de intervenir con una postura distinta, casi a contracorriente.
Al empezar a hablar, me ocurrió algo curioso: me visualicé haciendo press de banca.
Cada frase era una repetición.
Cada idea, una serie.
Respiraba, empujaba, avanzaba.
Y así completé mi intervención.
Ahí entendí, de forma muy clara, lo que el deporte había hecho en mí.
Porque cada repetición es un micro reto.
Cada serie, una pequeña victoria.
Y un entrenamiento completo, una lección de vida.
Son cientos de decisiones en apenas una hora y media. Seguir o parar. Empujar o soltar. Insistir o rendirse.
Y eso, inevitablemente, se traslada fuera.
A cómo afrontas los problemas.
A cómo tomas decisiones.
A cómo sostienes el esfuerzo cuando nadie mira.
Pero hay algo más.
Porque el gimnasio no es solo un lugar de entrenamiento. Es un ecosistema. Un pequeño mundo que se activa cada día, puntualmente, de 7:00 a 8:30.
Las mismas caras. Los mismos gestos. Los mismos silencios cómplices.
Mis “gymmates”. Eduardo, los “pacos”, Iván, Bea, David, Victoria, Miguel, Chema, Carlos, y muchos más.
Personas con las que, compartes algo profundo: el compromiso, la constancia, el respeto por el esfuerzo. Una camaradería discreta, sin estridencias, pero muy real.
Una pequeña conversación y saludo cordial al entrar.
Una mirada cómplice de reconocimiento.
Un “¿todo bien?” entre series.
Y, sin darte cuenta, formas parte de algo.
De una comunidad que no necesita explicarse demasiado.
Que entiende el valor de estar, de cumplir, de volver.
Porque ser deportista no es solo entrenar.
Es pertenecer.
Es compartir.
Es construir, día a día, una versión mejor de uno mismo… acompañado.
Nací deportista.
Y con el tiempo entendí que no era solo una afición.
Era —y sigue siendo— una forma de vivir.

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