El derecho a desaparecer.

Del panóptico al algoritmo: una reflexión sobre redes sociales y reconocimiento.

Vivimos en una época en la que estar en las redes sociales parece casi obligatorio. Si no publicas, no existes. Si no compartes, desapareces. Si permaneces demasiado tiempo en silencio, el algoritmo termina por olvidarte.

Pero ¿cuándo estar dejó de ser una opción y empezó a convertirse en una exigencia?

Durante muchos años acepté esa lógica con bastante naturalidad. Las redes eran escaparate, altavoz, lugar de encuentro y tarjeta de presentación. En determinados momentos de nuestra vida profesional, la visibilidad genera contactos, proyectos y oportunidades. Hasta ahí, todo razonable.

El problema comienza cuando ya no necesitamos ese escaparate y, sin embargo, seguimos comportándonos como si todavía necesitáramos ser vistos.

Y se vuelve todavía más incómodo cuando aquello que producimos deja de ser simplemente «contenido». Cuando escribimos sobre nuestras dudas, nuestros recuerdos, nuestros viajes, nuestras emociones o nuestra particular manera de entender el mundo y la vida.

Entonces ya no estamos promocionando un proyecto.

Nos estamos exponiendo nosotros.

¿Queremos realmente hacerlo ante cientos o miles de personas que, en muchos casos, apenas nos conocen?

¿O continuamos haciéndolo porque hemos interiorizado que debemos mantener nuestra presencia?

Del panóptico al algoritmo

Quizá por eso he vuelto durante estos últimos tiempos a una idea que lleva más de dos siglos acompañándonos: el panóptico.

Jeremy Bentham imaginó a finales del siglo XVIII una arquitectura penitenciaria extraordinariamente eficaz: una torre central desde la que un vigilante podía observar a los presos sin que estos supieran exactamente cuándo estaban siendo observados.

Lo verdaderamente inquietante de aquella construcción no era que el vigilante estuviera mirando permanentemente. Era que podía estar haciéndolo.

Y esa posibilidad bastaba para modificar el comportamiento del observado.

Mucho después, George Orwell llevaría aquella intuición hasta uno de sus extremos más terribles. En 1984, el Gran Hermano representa un poder vertical, identificable y brutal. El Partido vigila para dominar. Persigue el pensamiento disidente, manipula la memoria, transforma el lenguaje y, cuando todo lo demás fracasa, utiliza el miedo y la violencia para destruir la individualidad.

El poder observa desde arriba y nosotros sabemos que está ahí.

Michel Foucault dio después un paso diferente. Al recuperar precisamente el panóptico de Bentham en Vigilar y castigar, mostró que el poder moderno no necesita necesariamente un Gran Hermano ni una dictadura visible.

Puede ser mucho más sutil. La vigilancia puede instalarse en las instituciones, en sus procedimientos y finalmente en nosotros mismos. La escuela, la fábrica, el hospital, la prisión: espacios diferentes atravesados por mecanismos de disciplina, examen, clasificación y normalización.

Ya no se trata únicamente de castigar. Se trata de producir determinados comportamientos.

El individuo termina interiorizando la mirada del poder y comportándose como se espera de él incluso cuando nadie parece estar observándolo.

Bentham había diseñado la torre. Orwell imaginó quién podía ocuparla. Foucault comprendió que, finalmente, la torre podía instalarse dentro de nosotros.

Y entonces llegamos a Byung-Chul Han.

Porque Han introduce una perturbación todavía mayor: ¿qué ocurre cuando ya ni siquiera necesitamos que alguien nos vigile porque somos nosotros quienes voluntariamente nos mostramos?

El panóptico se ha vuelto digital.

Ya no hace falta obligarnos a revelar quiénes somos. Publicamos nuestras fotografías, nuestras opiniones, nuestros viajes, nuestros éxitos, nuestros gustos, nuestros estados de ánimo. Contamos dónde estamos, qué hacemos y con quién. Transformamos voluntariamente fragmentos de nuestra vida en información.

Y lo hacemos creyendo que ejercemos nuestra libertad.

Han señala precisamente esta paradoja de la sociedad digital: la exposición puede experimentarse subjetivamente como libertad al mismo tiempo que alimenta mecanismos de información, evaluación y control.

Pero yo añadiría algo mucho más cotidiano.

No hace falta pensar únicamente en las grandes plataformas o en la utilización de nuestros datos. Existe otra disciplina infinitamente más pequeña y aparentemente inocente: la necesidad de ser vistos.

El like.
La felicitación.
La recomendación.
El comentario.
El número de seguidores.
La comprobación de quién ha reaccionado a lo que acabamos de publicar.

Algunas de esas manifestaciones de reconocimiento son sinceras, naturalmente. Otras responden probablemente a ese pacto tácito de cortesía digital que todos hemos practicado alguna vez: yo te reconozco, tú me reconoces; yo celebro tu publicación, tú celebrarás mañana la mía.

No hay nada necesariamente perverso en ello. Pero llega un momento en que cabe hacerse una pregunta: ¿y si ya no necesito ese reconocimiento? ¿Qué ocurre cuando el aplauso deja de ser el motor?

La resistencia del idiota

Aquí encontré en Byung-Chul Han una idea que terminó de ordenar muchas de estas reflexiones: la figura del idiota. No el idiota en el sentido vulgar de la palabra.

Han recupera el término griego original idiōtēs, que no significaba tener una deficiencia intelectual, sino ser aquel que decide voluntariamente retirarse de la esfera pública para vivir su singularidad, y es capaz de apartarse del consenso, de la hipercomunicación y de esa obligación contemporánea de participar permanentemente.

El idiota conserva un espacio propio. Un lugar para el silencio. Para la soledad. Para pensar sin tener que comunicar inmediatamente aquello que está pensando.

Y entonces comprendí que quizá exista una forma de resistencia extraordinariamente sencilla: no participar.

No pronunciarnos sobre todo. No convertir cada experiencia en una publicación. No fotografiar cada momento. No contar dónde estamos. No transformar cada pensamiento en contenido.

Escribir algo y no someterlo inmediatamente al juicio de una audiencia.

Incluso desaparecer.

Porque desaparecer de las redes no significa desaparecer del mundo. Puede significar exactamente lo contrario: recuperar una parte de nosotros mismos.

Mi decisión

Yo he sentido durante algún tiempo esa incomodidad y he decidido algo muy sencillo.

Seguiré escribiendo. Probablemente más que antes.

Seguiré contando mis viajes, ordenando recuerdos, interrogándome sobre aquello que me interesa y escribiendo sobre el mundo y la vida tal como los veo.

Pero lo haré en mi blog. Solo allí.

No como gesto de rechazo hacia quienes permanecen en las redes sociales. Tampoco como una pretendida superioridad moral. Cada persona debe decidir cómo quiere relacionarse con ellas.

En mi caso es simplemente una elección de libertad.

Mi blog no me exige publicar mañana porque publiqué ayer. No me reclama una fotografía para demostrar dónde he estado. No convierte inmediatamente un pensamiento en una cifra. No necesito saber cuántos likes merece una idea ni comprobar cuántas personas han decidido recomendarla.

Es mi lugar. Quien quiera entrar, entrará. Quien quiera leerme, reflexionar conmigo o discrepar, sabrá dónde encontrarme.

Y quien no quiera hacerlo, está bien también.

Quizá mi recorrido haya sido, sin saberlo, el mismo que describe la historia del panóptico.

Bentham me permitió comprender la arquitectura de la vigilancia.

Orwell, temer el poder que observa.

Foucault, comprender que podemos terminar interiorizando su mirada.

Byung-Chul Han, descubrir que nosotros mismos podemos convertirnos en nuestros propios vigilantes y exhibidores.

Pero Han me ha servido también para descubrir algo más importante: que todavía podemos salir de la torre.

Que retirarse del escaparate no significa dejar de pensar. Que callar no significa no tener nada que decir. Que desaparecer del algoritmo no significa desaparecer.

Puede significar, simplemente, volver a elegir dónde queremos estar.

No todo lo valioso necesita audiencia. No todo pensamiento necesita un like. No toda creación necesita convertirse en contenido. A veces basta con conservar un lugar propio.

Y antes de cerrar esta etapa quiero dejar constancia de algo importante. Mi más sincero agradecimiento a todas las personas con las que durante estos años he mantenido contacto, compartido ideas, conversaciones, proyectos, inquietudes y colaboraciones. Muchas de ellas han enriquecido mi recorrido personal y profesional y forman, de una manera u otra, parte de él.

Alejarme de las redes no significa renegar de esos encuentros.

Significa solamente que, a partir de ahora, si alguien quiere encontrarme, puede venir a buscarme.

Yo estaré aquí.

En mi blog

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