Javier Marías, inmortal en el camino de Swann.
Estas últimas semanas he vuelto a leer a Marcel Proust, concretamente el primer volumen de su gran obra En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann, en la edición de Alfaguara y con traducción de Mercedes López-Ballesteros, apadrinada por Javier Marías. El propio Marías comentó en alguna ocasión, refiriéndose a Proust y a su obra, que “su talento es para caer postrado”. Y no exageraba.
Que Javier Marías estuviera presente, de algún modo, en esta nueva edición fue precisamente lo que me animó a comprar el libro y volverlo a leer después de más de treinta años. Conservaba todavía en la memoria aquella edición —la décima— de Alianza Editorial, publicada en 1982, que me acompañó durante una etapa muy distinta de mi vida.
Cuando comencé a adentrarme de nuevo en Combray y en esa primera frase tan mágica —“Durante años me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa que no me daba tiempo ni a decirme: «Me estoy durmiendo”— no dejaba de pensar en Marías. Su presencia parecía inevitable. Entonces decidí, casi de manera inconsciente, volver también a leer toda su obra. Y empecé por Todas las almas, novela que leí por primera vez durante una de mis estancias en Inglaterra.
Traigo todo esto a colación porque, cuando Javier Marías nos dejó el 11 de septiembre de 2022, escribí una sentida reflexión en mi diario personal. Sin embargo, nunca la publiqué en mi blog. Tal vez porque hay despedidas que uno necesita guardar durante un tiempo en un espacio más íntimo.
Hoy, por fin, siento que es el momento de compartir aquellos sentimientos que escribí el día de su muerte.
Jueves 15 de septiembre de 2022
“My hands are of your colour; but I shame
To wear a heart so white.”
—Shakespeare
«No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de novios, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola…»
Javier Marías, Corazón tan blanco. 1992
Este domingo me quedé un poco más huérfano. Se me fue completamente mi Javier Marías. Sí, fue su final, inesperado. Había leído que estaba enfermo, pero nunca imaginé que su muerte estuviera tan cerca.
Sentí una punzada, una desazón inmediata, y comprendí al instante algo muy sencillo y muy definitivo: nunca jamás volvería a leer una novela nueva suya.
Por fin ha dejado de ser mortal.
Seguro que estará muy feliz.
Desde el año 1992, cuando entró en mi vida Corazón tan blanco, no he dejado de disfrutar de su prosa inteligente y envolvente. No he conocido a ningún otro escritor que me haya llevado tan lejos. Divertido, sublime, irónico, conspirativo, canalla, pendenciero… se me agotan los adjetivos.
Cuando estaba en su amada Inglaterra y me tocaba pensar y expresarme en el idioma de Shakespeare, surgían con fuerza irresistible Todas las almas. Y a la mañana siguiente, en mi pequeña batalla cotidiana para entenderme con aquella gente, pensaba inevitablemente en él.
Magnético, errante, irreverente.
Siempre reflexivo, pero también contradictorio.
Confuso y enigmático, como su Negra espalda del tiempo, como Tu rostro mañana, como esa fiebre y esa lanza que atraviesan tantas de sus páginas.
Las mujeres siempre tan presentes en sus obras. Finas, inteligentes, complejas, discretas, pasionales y elegantes. Nunca son un mero acompañamiento, sino el eje moral y emocional de muchas de sus historias.
Ahí está la melancólica Clare Bayes, amante del profesor Deza, envuelta en una tristeza contenida que parece anticipar siempre la pérdida.
Berta Isla, quizá uno de sus personajes más logrados, encarna la espera, la lealtad y también la incertidumbre: la vida junto a alguien —Tomás Nevinson— que está y no está, que aparece y desaparece, como una sombra que nunca termina de revelarse. En él resuena, de algún modo, la figura de Ulises, el primer gran ausente de la literatura, condenado a una larga desaparición que lo convierte en mito y en herida al mismo tiempo.
Y Marta Téllez, cuya muerte en brazos de Víctor Francés abre la puerta a una relación tan inquietante como inevitable con su hermana Luisa, en ese territorio tan maríasiano donde el deseo, la culpa y la memoria se entrelazan, y la verdad es siempre esquiva.
En ese círculo mágico que conforma su universo narrativo encontramos personajes memorables, dotados de una vida propia que trasciende las páginas. La valentía física y moral del enigmático Bertram Tupra, siempre al borde de lo imprevisible, encarna el poder, la amenaza y la acción sin escrúpulos. Frente a él, el escéptico y lúcido Peter Wheeler, representa la inteligencia serena, la reflexión y una forma de elegancia moral. Su relación con Jacobo (Jaime) Deza es el corazón intelectual de la monumental trilogía Tu rostro mañana.
Y el entrañable Ruibérriz de Torres, que emerge como el reverso pragmático y turbio de los protagonistas, una sombra de picaresca que transita sin culpa por donde otros solo se atreven a imaginar. Es el doble que no reflexiona, el falsificador de destinos que convierte el secreto en moneda de cambio y la sospecha en su hábitat natural.
Y en este Javier Marías inmortal, siempre encontramos Madrid, y siempre Oxford, y siempre Londres.
A veces pienso que podría quedarme a vivir para siempre en ese territorio literario suyo que es también el Reino de Redonda.
Adiós a un hermano, a un amigo, a un maestro, a un cómplice.
Me has dado mucho. Muchísimo.
Lo conservo, lo reviso, vuelvo a ello una y otra vez.
Eso es lo que queda.
Pero se acabó: no habrá más.
Han sido setenta años de generosidad intelectual. La más apreciada para quien la recibe y, probablemente, la más exigente y difícil para quien la entrega.
Mis condolencias a los más allegados.
Un fuerte abrazo, Javier.
And many thanks for everything!

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